El Cormorán Grande
Nuestro protagonista de este mes, el cormorán grande, Phalacrocorax carbo (Linné 1758), es un
ave de la familia Phalacrocoracidae, mayoritariamente invernante en nuestra
península, si bien cada vez son más frecuentes las colonias de cría, debido a
su clara expa nsión poblacional en las últimas décadas, en las que ha pasado de
estar poco menos que al borde de la extinción hace 40 o 50 años, a constituir
en muchos sitios una plaga denostada por pescadores y piscicultores, y de no
encontrársele más que en zonas costeras, a proliferar tierra adentro siguiendo
los ríos y aquerenciándose en los embalses.

Es una especie que se encuentra en mayor o menor extensión
en todos los continentes excepto América Central y del Sur y la Antártida, y de
la que se reconocen cinco subespecies, de las cuales en España podemos encontrarnos Ph. carbo
carbo (costera, que cría en las Islas Británicas, Islandia y Francia),
y Ph.
carbo sinensis, más pequeña, que cría en el resto de Europa, China y Japón,
y es la que está colonizando las aguas interiores.
El nombre genérico, Phalacrocorax,
significa “cuervo calvo”, mientras que la palabra “cormorán” procede, al
parecer a través del francés, del latín “corvus marinus”; no obstante estos
nombres, no tiene ningún parentesco con los córvidos ni con el resto de los
Passeriformes. Pertenece al Orden de los
Suliformes (junto con los alcatraces, fragatas y anhingas), si es que aceptamos
las revisiones taxonómicas de los últimos años, que separan a todos éstos del
tradicional Orden de los Pelecaniformes (que, dicho sea de paso, quedaría
convertido en un revoltijo en el que los Pelecánidos pasan a estar acompañados
de algunas de las familias antes consideradas Ciconiformes, entre ellas las
Ardeidas y Treskiornítidas). La palabra carbo,
como es fácil suponer, significa “carbón” en latín y alude al color de su
plumaje.
No presenta nuestro protagonista dimorfismo sexual aparente,
salvo alguna pequeña diferencia en el peso. Ambos sexos adquieren en el plumaje
nupcial manchas blancas en los muslos y el cogote, además de la permanente en
la cara, siendo por lo demás de color negro con iridiscencias purpúreas, y en
el dorso de las alas de un matiz broncíneo verdoso. Los juveniles presentan un
color parduzco grisáceo oscuro con las partes inferiores claras, y se van
oscureciendo hasta tornarse negros en su segundo año.
Las medidas vienen siendo de alrededor de 90 cm de largo y
metro y medio de envergadura, con un peso de unos 2 o 2,5 kg.
Pueden verse fácilmente los cormoranes posados al borde del
agua con las alas extendidas puestas a secar después de sus buceos que pueden
alcanzar esporádicamente varias decenas de metros de profundidad;
característica es también la natación con el cuerpo casi hundido, asomando sólo
el dorso y el cuello y cabeza. Sobre la ayuda en la inmersión de una supuesta
falta de engrasamiento del plumaje y atrofia de la glándula uropigial –o
uropígea-, se puede oír y leer de todo;
el amigo Félix nos aclara, en el capítulo de El hombre y la Tierra dedicado al cormorán moñudo, que tienen esta
glándula funcional, y que, si bien la secreción oleosa es menor que en otras
aves, se impermeabilizan los cormoranes convenientemente
el plumaje del cuerpo, pero no las
rémiges y rectrices, que sí se empapan con agua y contribuyen a disminuir la
flotabilidad. No obstante, no falta también algún estudioso que más recientemente
afirma que la nanoestructura de las plumas de los cormoranes hace que se sequen casi por completo al salir
del agua, y que el hábito de extender las alas podría tener tanta o más
importancia para la termorregulación o la comunicación intraespecífica que para
completar el secado de las plumas.
En el buceo las alas cumplen una finalidad sobre todo de
estabilización y dirección, siendo la impulsión a cargo de sus grandes pies
“totipalmeados”, es decir, con los cuatro dedos unidos por membrana natatoria
(a diferencia de las anátidas, en que el primer dedo, equivalente al pulgar, no
está incluido en la membrana).
La anidación es colonial, construyendo los nidos en
acantilados costeros, en árboles o en cañaverales, hechos de palos, algas y broza,
y recubiertos de plumas; los reutilizan acumulando material año tras año, con
lo cual, añadido al efecto letal de los excrementos, pueden llegar a derribar
los árboles en los que se asientan las colonias. Al parecer es el macho el que
aporta más material mientras la hembra se dedica a la construcción. Suele poner
3 a 5 huevos, más raramente 1, 2 o 6, de color azul verdoso, que incuba la
hembra durante 25 días o un mes. Con facilidad efectúa puestas de sustitución.
Los polluelos nacen desnudos y negros, y a los pocos días se
recubren de plumón negruzco; son nutridos con alimento regurgitado que toman
del mismo gaznate de sus progenitores, y echan a volar con aproximadamente 50
días de vida, y durante otros tantos pueden volver al nido y seguir siendo
alimentados. No suelen reproducirse hasta los 4 o 5 años de edad.

La población europea, reducida a solo unos miles en los años
70 debido a la persecución humana y la contaminación por DDT, ha crecido
exponencialmente hasta las 400.000 o 500.000 parejas (que pueden ser como la
mitad de la población mundial), con necesidad incluso de realizar descastes por
sus daños a la riqueza piscícola, al
arbolado y posiblemente a especies de peces protegidas o endémicas. La voracidad
del cormorán grande es objeto de controversia, desde quien afirma que consume 0,3 o 0,5 kg.
de pescado al día en época de invernada, y mínimo de 0,6 los pollos en
crecimiento, hasta quien dice que 2 kg., y, puestos a exagerar, hasta el doble
de su propio peso; en cualquier caso son muchas las toneladas de peces que
puede consumir una colonia al cabo del año. Nuevamente nos orienta Félix en el
documental antes mencionado, donde afirma que el pollo de cormorán moñudo
protagonista (algo más pequeño que el cormorán grande), troquelado y alimentado
a mano por los miembros del equipo de filmación, comía un kilo o kilo y medio
de peces al día, si bien cabe pensar que quizá estuviera recibiendo un trato de
marajá en comparación con las penurias que en mayor o menor medida deben sufrir
sus congéneres salvajes, y no digamos si la comparación la efectuamos con los
benjamines de las polladas, que como era de esperar son de eclosión asíncrona;
no descubriremos ahora la sopa de ajo si decimos que este mecanismo es ampliamente generalizado en aves nidícolas
como medio de concentrar el alimento en los pollos más desarrollados cuando no
hay suficiente para sacar adelante a toda la nidada.
En cuanto al estatus de protección a nivel nacional en
España, el cormorán grande no está incluido en el Listado de Especies
Silvestres en Régimen de Protección Especial. Fue excluido en mayo de 2004 del
anterior Catálogo de Especies Amenazadas, en el que estaba catalogado como de “interés especial”. La UICN Red List le
atribuye tendencia poblacional creciente y la categoría de “preocupación
menor”.